Juan Carlos Carranza, co-conductor de Ciudad Universitaria, recorre el vínculo entre el papa León XIV, la Universidad Nacional de Córdoba y la historia del Cura Brochero, quien llegó a la ciudad con 16 años para estudiar y formarse como sacerdote.
Hay visitas que se miden por el tiempo que duran y otras por la cantidad de historias que son capaces de despertar. Las pocas horas que el papa León XIV estará en Córdoba hacen pensar en la segunda opción.
Porque en noviembre, cuando el Pontífice llegue a esta ciudad, encontrará una Córdoba muy distinta de aquella que conoció José Gabriel del Rosario Brochero cuando, en 1856, llegó con apenas 16 años. Pero también encontrará las mismas piedras, los mismos patios y algunas de las instituciones que todavía conservan la memoria de aquel tiempo.
Antes de ser el Cura Gaucho, de atravesar las Altas Cumbres a lomo de mula y de convertirse en el sacerdote que hizo de Traslasierra su parroquia, su misión y su destino, Brochero fue un estudiante. Y esa historia también comenzó en Córdoba.
Llegó para ingresar al Colegio Seminario Nuestra Señora de Loreto e iniciar su camino hacia el sacerdocio. En aquellos años, la ciudad era una mezcla de campanas, sotanas y patios coloniales, donde la vida religiosa y universitaria formaban parte de un mismo paisaje.
El seminario y la antigua Universidad de San Carlos compartían el ámbito de la actual Manzana Jesuítica. Allí, mientras avanzaba en su formación religiosa, el joven Brochero asistía también a las clases de Filosofía en la Universidad. Ese recorrido culminó en 1869, cuando obtuvo el título de Maestro en Filosofía.
Todavía no era el santo de los caminos, ni el hombre de la Casa de Ejercicios Espirituales, ni el cura que se convertiría en una leyenda viva para los habitantes de las sierras. Era un muchacho que estudiaba, discutía ideas y construía amistades en una Universidad que ya entonces era uno de los grandes centros intelectuales del país.
Una amistad que también hizo historia
Entre aquellos años de estudio, Brochero conoció a Miguel Juárez Celman, quien con el tiempo sería gobernador de Córdoba y presidente de la Nación. La amistad entre ambos sobrevivió a los claustros y también a los caminos que cada uno eligió. Uno fue por la política y llegó a la Presidencia. El otro se fue del otro lado de las sierras, hacia una diócesis enorme, pobre y aislada, donde las distancias se medían de otra manera.
Pero el vínculo nunca dejó de ser útil. Con el correr de los años, Brochero apeló a sus contactos y amistades para gestionar obras y proyectos destinados a mejorar la vida de los habitantes de Traslasierra. La política, en su caso, no era una estación de llegada, sino una herramienta, una puerta a la que golpear cuando hacía falta conseguir una escuela, abrir un camino, mejorar un servicio o impulsar una obra para su gente.
Tal vez allí también esté una de las claves para entender al santo. Brochero no fue solamente un sacerdote de misa y confesionario. Fue un hombre de acción, un cura que entendió que la evangelización también podía necesitar una mula, un puente, una escuela o un camino.
Y en ese sentido, algo de aquel joven formado en los claustros cordobeses lo acompañó durante toda su vida.
La Universidad que también forma parte de su historia
Cuando León XIV llegue a Córdoba, se encontrará con una Universidad Nacional de Córdoba que tiene más de cuatro siglos de historia y que es muy diferente de aquella antigua Universidad de San Carlos a la que asistió el joven Brochero.
Una Universidad por la que hoy transitan miles de estudiantes, docentes y no docentes. Una institución con laboratorios, centros de investigación, hospitales, museos y facultades. Una Universidad que, como la propia ciudad, creció, se transformó y fue sumando capas de historia sobre aquellas primeras piedras.
Y, sin embargo, allí estará también la huella de Brochero. En esos patios, en ese conjunto histórico que comparte la memoria de la antigua Universidad y del Seminario, pasó una parte de su juventud. Allí estudió Filosofía, construyó amistades y comenzó a formarse el hombre que, después, cambiaría los destinos de Traslasierra.
La Córdoba que encontrará León XIV en noviembre será una ciudad universitaria, religiosa, cultural y profundamente atravesada por la memoria. Será también la ciudad de aquel estudiante de Filosofía que dejó los claustros para convertir a Traslasierra en su verdadera aula.
Allí aprendió a hablarle a la gente en su propio idioma, a recorrer distancias que parecían imposibles y a comprender que, para acercar a las personas, primero había que llegar hasta ellas.
Quizá allí radique el verdadero milagro de este buen hombre: haber entendido, mucho antes de que llegaran los títulos, los altares y la santidad, que no había que esperar a que la gente encontrara el camino. Había que salir a buscarla.
Y a eso el Papa, seguramente, lo sabe.
Por Juan Carlos Carranza, co-conductor de Ciudad Universitaria