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Dos guerras, ocho billones de dólares, casi un millón de muertos y un aparato de seguridad que todavía nos revisa los zapatos en el aeropuerto.

Una operación que costó medio millón de dólares provocó unos 100.000 millones en daños directos y, según cálculos de la Brookings Institution, cerca de dos billones de dólares en pérdidas económicas acumuladas en todo el mundo.


Pero la verdadera factura del 11 de septiembre de 2001 no se mide en edificios ni en el índice Dow Jones. Se mide en lo que Estados Unidos y sus aliados decidieron hacer después, y en las consecuencias que todavía siguen abiertas 25 años más tarde.


La “guerra contra el terror”


La respuesta fue inmediata y de una escalada sin precedentes. El 12 de septiembre, la OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo 5 de defensa colectiva.


El 18, el Congreso aprobó la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF), un cheque en blanco de 60 palabras que tres presidentes sucesivos usaron para justificar operaciones militares en decenas de países, y que sigue vigente.


El 7 de octubre, Estados Unidos y el Reino Unido comenzaron a bombardear Afganistán para derrocar al régimen talibán que daba refugio a Al Qaeda.


 



Luego vino Irak. Bajo la llamada “doctrina Bush” de la guerra preventiva, y con el argumento de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, la invasión de marzo de 2003 abrió una guerra de ocho años, desmanteló el Estado iraquí y sembró el terreno del que emergería, en 2014, el Estado Islámico.



El proyecto Costs of War de la Universidad Brown, la contabilidad académica más citada sobre el tema, estima que las guerras posteriores al 11-S costaron a Estados Unidos unos ocho billones de dólares, incluyendo 2,2 billones ya comprometidos para la atención futura de veteranos.


Entre 897.000 y 929.000 personas murieron de manera directa en esos conflictos, entre militares estadounidenses y aliados, combatientes enemigos, civiles, periodistas y trabajadores humanitarios, sin contar las muertes indirectas por enfermedad, desplazamiento o hambre.


Unos 38 millones de personas fueron desplazadas de sus hogares. Las operaciones antiterroristas de Washington llegaron a abarcar más de 80 países.


El ciclo se cerró de manera simbólica el 30 de agosto de 2021, cuando el último avión militar estadounidense despegó de Kabul y los talibanes, expulsados del poder 20 años antes, volvieron a gobernar Afganistán.


Osama bin Laden había sido abatido diez años antes, el 2 de mayo de 2011, en Pakistán. “La guerra ha sido larga, compleja, horrorosa y fracasada”, resumió Catherine Lutz, codirectora de Costs of War.


El Estado de seguridad


Puertas adentro, el 11-S produjo la mayor reestructuración del gobierno estadounidense desde el inicio de la Guerra Fría.


El 26 de octubre de 2001 se promulgó la Ley Patriota (USA PATRIOT Act), que amplió las facultades de vigilancia, escuchas y detención. En noviembre nació la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), que federalizó los controles en los aeropuertos. En noviembre de 2002 se creó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), que fusionó 22 agencias en un solo organismo con más de 200.000 empleados.


En 2004, a instancias de la Comisión del 11-S, se creó el cargo de Director Nacional de Inteligencia y el Centro Nacional Antiterrorista, para coordinar agencias que antes del ataque no compartían información entre sí.


En 2013, las filtraciones de Edward Snowden revelaron hasta dónde había llegado esa arquitectura: la Agencia de Seguridad Nacional recolectaba de manera masiva los registros telefónicos de millones de estadounidenses y accedía a los datos de las grandes plataformas de internet.


Costs of War concluye que las guerras posteriores al 11-S “expandieron dramáticamente la vigilancia masiva y erosionaron las protecciones constitucionales”, y que ese costo lo pagaron de manera desproporcionada musulmanes, árabes, inmigrantes y activistas.


Guantánamo y la tortura


En enero de 2002 llegaron los primeros prisioneros a la base naval de Guantánamo, en Cuba, elegida precisamente porque quedaba fuera del alcance de los tribunales estadounidenses.



Por allí pasaron cerca de 780 detenidos, la enorme mayoría nunca acusados formalmente de nada. En paralelo, la CIA operó una red de prisiones secretas donde aplicó “técnicas de interrogatorio mejoradas” —ahogamiento simulado, privación de sueño, posiciones de estrés— que el Senado calificó en 2014 como tortura.


 Las fotos de Abu Ghraib, en Irak, dieron la vuelta al mundo en 2004.


“Guantánamo y Abu Ghraib son el legado del 11-S y mancharán para siempre a Estados Unidos”, escribió Bruce Riedel, ex analista de la CIA e investigador de Brookings.


Veinticinco años después, Guantánamo sigue abierto con una quincena de detenidos, y el presunto cerebro de los ataques, Khalid Sheikh Mohammed, sigue sin juicio: en agosto de 2026 el juez militar que lleva su causa declaró inadmisibles sus confesiones al FBI de 2007 por considerarlas una “continuación ininterrumpida del condicionamiento psicológico de la CIA”.


La vida cotidiana


Para miles de millones de personas que nunca pisaron una zona de guerra, el 11-S se siente cada vez que viajan.


Los controles de aeropuerto con escáneres corporales, la prohibición de líquidos, el descalzarse en la fila (una norma nacida del intento fallido del “terrorista del zapato” Richard Reid, en diciembre de 2001, y que la TSA recién relajó en 2025), las puertas blindadas de las cabinas y las listas de pasajeros compartidas entre gobiernos son hijas directas de aquella mañana.


También lo son el “si ve algo, diga algo” en los subtes, las cámaras en cada esquina y la normalización de la idea de que la seguridad justifica ceder privacidad.


El mapa geopolítico


Mientras Estados Unidos concentraba su poder militar, su dinero y su atención en Medio Oriente y Asia Central durante dos décadas, China se convirtió en la segunda economía del mundo y Rusia reconstruyó su capacidad de proyección militar.


Analistas de distintas orientaciones coinciden en que la “guerra contra el terror” fue, en ese sentido, una distracción estratégica de dimensiones históricas.


La relación con Pakistán, Arabia Saudita e Irán quedó marcada por las guerras; el mundo árabe vivió invasiones, primaveras y guerras civiles; y Europa sufrió su propia ola de atentados yihadistas, de Madrid (2004) y Londres (2005) a París (2015) y Bruselas (2016).


Un país que cambió por dentro


El historiador Nathan Citino, de la Universidad Rice, sostiene que el legado más profundo del 11-S es doméstico. En su lectura, las guerras prolongadas y sin victoria erosionaron la confianza de los estadounidenses en el gobierno, en la prensa y en las universidades, alimentaron la política antiestablishment y transformaron el debate público hasta el punto en que los rivales políticos “dejaron de ser simplemente adversarios para convertirse en enemigos”.


Para los estudiantes universitarios de hoy, nacidos después de 2001, el ataque es un hecho histórico; pero la deuda que financió las guerras —contraída mientras se bajaban impuestos— la van a pagar ellos.


Un cuarto de siglo después, según los sondeos difundidos en la antesala del aniversario, cerca de la mitad de los estadounidenses todavía cree que las guerras valieron la pena. La otra mitad, no. Esa división es, quizás, el resumen más honesto de lo que cambió.




Fuentes consultadas


          Proyecto Costos de la Guerra, Instituto Watson, Universidad Brown: Costos de la guerra contra el terrorismo de 20 años: 8 billones de dólares y 900.000 muertes y costos sociales y políticos


          Brookings Institution, Bruce Riedel: El mundo después del 11-S y la colección El legado del 11-S


          Noticias de la Universidad Rice: 25 años después, un historiador reflexiona sobre el 11-S y su legado perdurable.


          Wikipedia (síntesis documentada): Respuesta del gobierno de Estados Unidos a los ataques del 11 de septiembre y Khalid Sheikh Mohammed


          NPR: El tribunal federal de apelaciones suspende los acuerdos de culpabilidad en Guantánamo.


          Enciclopedia Británica: Comisión del 11-S

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